
La estética es la rama de la filosofía que tiene por objeto el estudio de la esencia y la percepción de la belleza. Formalmente se le ha definido también como "ciencia que trata de la belleza de la teoría fundamental y filosófica del arte". La palabra deriva de las voces griegas αἰσθητική (aisthetikê) «sensación, percepción», de αἴσθησις (aisthesis) «sensación, sensibilidad», e -ικά (ica) «relativo a».
La estética estudia las razones y las emociones estéticas, así como las diferentes formas del arte. La Estética, así definida, es el dominio de la filosofía que estudia el arte y sus cualidades, tales como la belleza, lo eminente, lo feo o la disonancia. Desde que en [[1750](en su primera edición)y 1758 (en su segunda edición publicada)] Baumgarten usó la palabra "estética", se la designó como: "ciencia de lo bello, misma a la que se agrega un estudio de la esencia del arte, de las relaciones de ésta con la belleza y los demás valores". Algunos autores han pretendido sustituirla por otra denominación: calología, que atendiendo a su etimología significa ciencia de lo bello (kalos, «bello»).
La belleza es una característica de un ente real, imaginario o ideal cuya percepción constituye una experiencia de placer, revelación de significado, o satisfacción. La belleza es estudiada como parte de la estética, la sociología, la psicología social y la cultura. Como creación cultural, la belleza ha sido muy comercializada. Una «belleza ideal» es una entidad que es admirada o posee características ampliamente atribuidas a la belleza perfecta en una cultura particular.
La percepción de la «belleza» a menudo implica la interpretación de alguna entidad que está en equilibrio y armonía con la naturaleza, y puede conducir a sentimientos de atracción y bienestar emocional. Debido a que constituye una experiencia subjetiva, a menudo se dice que «la belleza está en el ojo del observador».[1] En su sentido más profundo, la belleza puede engendrarse a partir de una experiencia de reflexión positiva sobre el significado de la propia existencia

Lo feo
Categoría estética en que se reflejan los fenómenos de la realidad adversos a lo bello y en que halla su expresión la actitud negativa del hombre respecto a tales fenómenos. En contraposición a lo bello, lo feo en la sociedad se caracteriza por presentar obstáculos [172] a la libre manifestación y al florecimiento de las fuerzas vitales del hombre, por el desenvolvimiento limitado, monstruosamente unilateral, de dichas fuerzas, por la descomposición del ideal estético. En lo feo, la esencia humana se contradice a sí misma, se manifiesta bajo un aspecto deformado e inhumano, lo cual resulta patente en el arte a través de figuras como las de Golovliov, Pliushkin, Yago y otras. En el mundo burgués, lo feo predomina sobre lo bello, lo cual se refleja en la preponderancia de los tipos negativos sobre los positivos en el arte del realismo crítico, arte que utiliza las imágenes de los personajes y caracteres negativos para criticar y poner al desnudo los aspectos inhumanos de la vida que destruyen la belleza del hombre. En el arte auténtico, la representación estética de lo feo constituye una forma peculiar de la afirmación del ideal de belleza. Decía Belinski que toda negación, para ser viva y poética, ha de hacerse en nombre del ideal. La obra de educar al hombre de la sociedad comunista se encuentra indisolublemente vinculada a la lucha contra las supervivencias feas y repugnantes del pasado en nuestra existencia, que dificultan la creación, de una nueva sociedad

Lo sublime es una categoría estética, derivada principalmente de la obra Περὶ ὕψους ("Sobre lo sublime") del poco conocido escritor griego Longino (o Pseudo-Longino), y que consiste fundamentalmente en una belleza extrema, capaz de arrebatar al espectador a un éxtasis más allá de su racionalidad, o incluso de provocar dolor por ser imposible de asimilar. El concepto de lo "sublime" fue redescubierto durante el Renacimiento, y gozó de gran popularidad durante el Barroco, durante el siglo XVIII alemán e inglés y sobre todo durante el primer Romanticismo
Lo trágico y lo diferentePor Aquilino Duque
En las euforias del nuevo régimen, el sabio profesor Tierno Galván proclamó urbi et orbi que España había dejado de ser trágica. En circunstancias parecidas, don Manuel Azaña proclamó que España había dejado de ser católica, y tuvieron que pasar muchas tragedias para que se cumpliera el piadoso deseo de don Manuel.
Vamos a ver cuántas pasan para que se cumpla el de don Enrique. Ha transcurrido un cuarto de siglo y no se enciende un televisor ni se conecta una radio ni se abre un periódico sin que nos salpique el alma una tragedia. Yo debo decir que, para mí, España había dejado de ser trágica por lo menos desde que acabó la guerra civil, para volver a serlo desde el punto y hora en que a Tierno y a sus amigos les parecía que dejaba de serlo. En el teatro griego una tragedia se plantea cuando un bien se opone a otro bien, y en política cuando se da carta de naturaleza a los demonios familiares y se institucionalizan sus enfrentamientos. Baste observar la delicadeza de los cumplidos que los adversarios se cruzan en las campañas electorales. Pero esto es juegos florales. Lo que cuenta es lo que pasa en la calle, como diría Juan de Mairena, y de lo que pasa en la calle nos dan excesiva cuenta los morbosos medios de manipulación de masas. Posiblemente para neutralizar el mal efecto de esas informaciones, esos mismos medios, a los que hay que sumar “nuevos valores” descubiertos o valores viejos rescatados con premios astronómicos por editoriales que han perdido la vergüenza o que nunca la tuvieron, se dedican a reescribir la historia, manipulando fotografías y documentales en el mejor de los casos o inventándose unos malos y unos buenos de guardarropía en un país que nunca existió. El caso es demostrar que lo trágico se reduce a los tiempos en que la fotografía y el cine eran en blanco y negro, y que del blanco y negro tenían la culpa los sempiternos enemigos del tecnicolor multicultural. Porque la tragedia no está por lo visto en que corra la sangre, sino en que el blanco y negro impidiera ver su color. Si Tierno, en vez de decir, “España ha dejado de ser trágica”, hubiera dicho “España ha dejado de ser diferente”, la cosa se entendería mejor, pues de hecho, todos los Gobiernos que se han sucedido en este cuarto de siglo, han procurado acabar con el “hecho diferencial” de España… a la vez que fomentaban los “hechos diferenciales” de las diversas regiones que la componen. La España “trágica y diferente” es un invento al parecer de los viajeros románticos, los “curiosos impertinentes”, desde Borrow y Ford hasta Hemingway y Brenan, que venían en busca de algo que en su tierra por lo visto no se daba, que era lo pintoresco y, en el fondo, lo trágico. Esta es la tesis que sostiene el periodista británico Burns Marañón, en la línea antedicha de los Gobiernos de “este país”. Según Burns, no es que España haya dejado de ser diferente; es que nunca lo fue, pues, como es sabido, la España del XIX, al menos desde la muerte de Fernando VII, fue más o menos como la actual, constitucional y modélica, en la que bandidos y morenazas, contrabandistas y cigarreras, “toreros y gitanos” (Machado dixit), y palabrejas como “pronunciamiento”, “junta”, “camarilla” y otras de parecido jaez eran mera anécdota en la que inexplicablemente se empeñaban en fijarse los susodichos “curiosos impertinentes”. Otros que incurrieron en esa “impertinente curiosidad” fueron los de la generación del 98, en la que hay que inscribir las palabras de Machado antedichas, y en una conferencia mía al respecto, el director del centro oficial correspondiente me corrigió diciendo que todos sus lamentos eran gratuitos, pues la España de hace un siglo “iba bien”, como de la de un siglo después diría algún responsable de la cosa pública, y además proyectaba construir unos buques de guerra mucho mejores que los destruidos en Santiago y en Cavite. Es curioso que la abolición de la “España diferente” pase por la reivindicación de unos periodos y episodios históricos en los que lo trágico alcanzó hitos de crueldad y pintoresquismo. ¿Se reconoce Andalucía en La consagración de la copla de Romero de Torres? ¿Dónde y cuándo situamos los esperpentos del intocable Valle-Inclán? ¿Dónde y cuándo La Andalucía trágica de Azorín? ¿Dónde y cuándo Las Hurdes de Buñuel o el estrago de Casas Viejas? Por cierto, un historiador de la nueva escuela, es decir, un historiador retroactivo, en una conferencia taurina, incluía este episodio en una demagógica enumeración de represiones derechistas. Me temo que tendré que aclarar que esa tragedia ocurrió en pleno bienio de quema de conventos, con el Sr. Azaña en el Gobierno. También se dice y se escribe ahora que en septiembre de 1923 y en julio de 1936 España era una balsa de aceite que no justificaba lo que pasó en esas fechas. Hay que tener morro. Yo no voy a perder el tiempo en refutar a historiadores y folicularios retroactivos, pues ellos se delatan y se refutan a sí mismos. Por ejemplo, el maestro de todos esos historiadores, don Raimundo Carr, confiesa paladinamente que una de sus fuentes históricas más fidedignas es la novela, en particular la de Delibes y Umbral, y en un diario andaluz, después de contar en muchas entregas y con profusión de ilustraciones una de esas historias retroactivas, sacan una foto del actual Jefe del Estado besándole la mano a una presunta actriz ante la mirada sonriente de su director. Y dice el pie: “Almodóvar, símbolo de la España moderna”.
ridiculo:adj. Que por su rareza o extravagancia produce risa:lleva un vestido ridículo.
Escaso,insuficiente:les sirvieron unas raciones ridículas.
Absurdo,falto de lógica:él no lo hizo,eso es ridículo.
m. Situación humillante que sufre una persona y provoca la risa y la burla de los demás:hacer el ridículo.
en ridículo loc. adv. Expuesto a la burla o al menosprecio de los demás.♦ Se usa sobre todo con los verbos estar,poner, dejar y quedar: la dejó en ridículo delante de sus hijos.
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